sábado, 1 de marzo de 2014

EL VIEJO DE LOS PERROS



Por: José Gregorio Márquez
Aragüita, Villa de Cura
Tlf. 0412-888.29.93



"Es de gran importancia para mí conocer tu opinión acerca de mis escritos por ello dejo acá mi número celular para que me llames o envíes mensaje de texto acerca de lo aquí publicado y que espero pronto poder editar en físico."
 José Gregorio Márquez
Tlf. 0412-888.29.93





Dedico este libro a
Pastora Ramos y a
Gabriel García Márquez (Gabo)




Agradezco la gran colaboración
y apoyo de la profesora María Teresa Fuenmayor
y la poeta Luna Francés





Al brillar un relámpago nacemos
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡Tan corto es el vivir!
                Gustavo Adolfo Bécquer







Prólogo

                    El Viejo de los Perros es el primer cuento de este libro y el que da nombre al mismo.  Tener la oportunidad de leerlo es rozar con los dedos la genialidad, la magia, y adentrarnos en la dimensión extraña y encantadora de una narración que nos atrapa desde el principio y que terminamos casi sin aliento. 
                    José Márquez es un escritor  que encanta y fascina tanto como el personaje principal de este cuento que está latente de principio a fin en el mismo y que al final nos sorprende y desconcierta.
                  Los dos últimos cuentos:  Quiero conocer a Barney y El Ratoncito Traviesotraen esa frescura ingenua de las narraciones infantiles aunque ambos tengan implícita una moraleja interesante, un doble sentir y un mensaje.
                   Vemos a la pluma de José Márquez trabajar dos ámbitos, desarrollar dos estilos y, cual prestidigitador, llevarnos de la magia a la cotidianeidad con gran facilidad.
                   Leímos con gusto este libro y esperamos los siguientes con gran expectativa y deseos de continuar disfrutando de su creatividad.




                           ;                       María Teresa Fuenmayor T.






EL VIEJO DE LOS PERROS
Por: José Gregorio Marquez
Aragüita, Villa de Cura, estado Aragua
1994
Tlf. 0412-888.29.93

   Al despuntar el sol hacía mucho rato que los fileteros le habían preguntado cuál era el lugar preciso para pescar, y él, seguro de no fallarles, recomendó que bogaran cien metros antes de llegar a Caigüiri, allá van a encontrar unas matas de patos, alrededor de ellas nadan cardúmenes vistosos de pilarpias y guabinas, pueden pescar lo que quieran, y lo dijo tan seguro de no equivocarse que antes de desayunar ya los fileteros habían abierto y rebanado baldes enteros de pescado, y ha bían disfrutado chapaleando agua para sacar de los agujeros dos escurridizas anguilas que desollaron con cenizas del fogón donde asaban tres manos de cambur, pero esos momentos no eran extraños, se habían convertido en una costumbre que se hacía a diario, tan cotidiano se había hecho que no había un día en que no fuera alguien a preguntar por un buen sitio para pescar, cosa que a él no le molestaba porque al fin y al cabo esa era una de las cosas que aún lo mantenían allí, rodeado de perros y con una tremenda vista de agua que se perdía en el horizonte y que ya nunca podría olvidar si empezaba una vida errante que, por supuesto, ya no empezaría, porque había echado raíces en ese lugar que no daba para pensar en otras cosas ni para estar anhelando lugares que en verdad no tenían nada de bonitos delante de aquellas orillas de ensueños, rodeadas de un verdor impresionante, con sus matas de ceibas y sus camburales enormes, y extensos sembradíos y haras de campeones, sin contar la belleza de las aves y la idiosincracia de la gente que día tras día desfilaba frente a él para preguntar por un buen sitio dónde tirar el anzuelo porque no sabemos por dónde ir, por favor, explíquenos el rumbo que nosotros no nos perdemos, y para conocer más de lo que conocían de aquel lago increíble, lleno de misterios qué descubrir y de historias asombrosas que muchos dudaban y que de vez en cuando preguntaban al viejo de los perros para ver qué de cierto eran, pero él no afirmaba las historias y se limitaba a decir que nunca había visto aparatos extraños que alumbraban de todo los colores extraños y saliendo del agua, ni que había visto enormes bolas de fuego que andaban por la flor del agua, y que tampoco sabía nada de un filón de oro que existía en una de las islas, que todo era mentira, que no creyeran en las cosas que inventaba la gente, sabiendo él mismo que se los decía para no alborotarlos, para tranquilizarlos de esas ideas que parecían absurdas pero que en realidad la pura verdad la conocía él, y los hacía pensar de la misma manera que pensaba él muchos años antes cuando ni siquiera sabía de la existencia de la laguna, ni tampoco viviría en ella y se haría cargo de todos sus secretos, porque en ese entonces no era un viejo sedentario sino un viejo errante que salió una tarde de su pueblo para residir por un tiempo dondequiera que hallara lugar, de manera que cuando apareció aquel lunes en la mañana caminando por la Bolívar con un perrito de compañero, y viendo que el ambiente parecía perfecto para rejuvenecer su vida, no lo pensó dos veces para comenzar de nuevo, así que recorrió el pueblo de punta a punta y de lado a lado, y conoció el espíritu de sus pobladores que lo hacía diferente de los demás pueblos y se divirtió con los montoneros y se enojó con los niños que le gritaban improperios y le lanzaban piedras, pero todavía no salía del asombro de haber encontrado un pueblo tan increíble por su gente, por sus calles, y por todo lo que allí existía, y lo recorrió hasta cansarse, y cuando le dio sed pidió agua en una casa enorme de paredes blancas y extensos jardines, de donde salió una mujer engreída, con ademanes de reina que cuando lo vio con su facha andrajosa, una barba de muchos días y el perrito de compañero, lo primero que le vino a la mente fue que él era Dios, que había vuelto a sus andadas por el mundo par probar el corazón de la gente, y que debía tratarlo como se lo merecía para que luego la recompensara con los mejores lujos y empezaran a correr por sus manos grandes cantidades de dinero, y de tal forma lo pensó que salió corriendo y buscó entre su lujosa vajilla el vaso más grande y transparente, con el borde dorado y florecitas talladas en el cristal, y le dio el agua con una cara de amabilidad aunque por dentro se reventó de ira cuando él lanzó la mitad del agua sobrante por encima de su hombro después de haber gargareado un buche, pero la mujer soportó como pudo el momento,  porque estaba segura de que no pasarían tres días para empezar a correr ríos de dinero por su casa, pero estaba equivocada, porque ni correrían ríos de dinero ni el viejo era Dios, sin embargo, una viejecita a quien pidió agua con la lengua afuera en la puerta de su humilde hogar, no tuvo tiempo de pensar si era Dios o no era, y con toda la paciencia que poseía buscó el único vaso que tenía, que era un pocillo de peltre al que le faltaba el asa y estaba torcido y escarapelado, y se lo dio jubilosa, tome, buen hombre, y él bebió, dio gracias y se marchó, y no pasaron cinco días cuando la pobre viejecita desenterró en el patio una botija repleta de morocotas, cosa que él nunca supo, aunque le extrañaba la forma en que las mujeres ricas y acomodadas le hacían morisquetas e insinuaciones para que él les pidiera agua, cosa que tampoco entendía pues prefería sentarse en la plaza donde había borrachos que se tomaban una botella de aguardiente sin respirar y sin botar una sola lágrima, que hablaban con pausas largas y contaban historias increíbles acerca del lago donde vivía una horrorosa serpiente que volteaba balsas y se tragaba hombres enteros, que se lo digo yo, amigo mío, que la he visto con mis propios ojos, y se hincaban de rodillas y juraban a los cuatro vientos que sí era verdad, que ella era la causante de la escasez de pescado que había en esos momentos, y como él era uno de esos viejos que no creía en las cosas hasta que no las tuviera frente a frente, dijo que esas cosas sólo podían imaginarlas los viejos locos que no habían aprendido a diferenciar la realidad de la fantasía, que ya tenían la suficiente edad como para saber que esos embustes no los creía todo el mundo, y que tampoco era real ese cuento de que en la plaza a media noche se perdía la gente que iba a un sitio y aparecía en otro, y así estuvo creyéndolo por mucho tiempo, sin reconocer las aventuras que contaban los fileteros de Magdaleno, cerrado a toda clase de tentativas que lo inculcara en lo irreal y negando creer todo lo que se contaba, hasta una noche en que su perrito de compañero, que no era perrito sino perrita, parió una docena de perros y desapareció inesperadamente, y él la estuvo buscando por mucho rato, pero al llegar la media noche ya había consumido suficiente aguardiente como para un año, y entonces fue cuando sucedió, atravesó un corral de vacas creyendo que aún estaba en la plaza, cogió por un camino en medio de cujíes por donde la gente cagaba y tapaba la mierda con hojas y espinas, hasta que tomó por una pendiente y la vió, reverberando en la orilla a merced del agua que entraba por las grietas y salía por la puerta, con el hollín en el techo y las telarañas acaracoladas en los rincones, y se dio cuenta de que no estaba en la plaza sino en aquel lugar del que ya le habían contado, lleno de misterios que nadie sabía, y que, por supuesto, él no creía, y recordó sin forzar la mente que alguien le había contado de la casita en la orilla, exactamente como la estaba mirando, con el agua de frente y los camburales a la derecha, y Caigüiri levantada en el agua como se la habían descrito, con la misma figura de un caimán dormido, de manera que desde ese momento aquella casita dejó de ser refugio donde se amaban parejitas furtivas y pasó a ser su humilde morada y la de sus perros, que con el pasar del tiempo se multiplicaron por docenas y él empezó a ser conocido por todos como el viejo de los perros, no sólo en la región sino también en otras latitudes donde su fama se acrecentaba cada vez más, porque de la noche a la mañana amaneció con el don de saber exactamente dónde era que estaban reunidos los sampedros y por dónde se escondían las guabinas, y hasta era capaz de decir qué estaba haciendo, qué había hecho y qué hacía cada uno de los habitantes de aquellas increíbles aguas, y como bastante falta le hacía a los pescadores una persona que poseyera un don como ese, no se tomaron un tiempito para preguntar de dónde diablos le había salido es facultad de adivinar, y como aún estaban tan embelesados de ver tantos pescados juntos que venderían luego en los mejores restaurantes de la capital para que la gente fina y bien educada comiera pilarpia por salmón y sampedro
por trucha, echaron al olvido esa pregunta, pero si se la hubieran hecho él no les habría dicho que cada año moría un perro de muerte natural que él tenía qué cargar en su balsa y lanzarlo en el centro de la laguna para que la gigantesca serpiente hiciera con él quién sabe qué cosa, pero de lo que sí estaba seguro era que desde ese mismo instante él adquiría el don de adivinar dónde se encontraban agrupados cualquier cantidad de peces durante todo el año, aunque hubo un año que lo pasó sin saber siquiera dónde le quedaba el ombligo por culpa de unos miserables muchachos que se pusieron a apostar a que uno de sus perros no se ahogaba, y le amarraron una piedra en cada pata y lo lanzaron al agua lo más lejos que pudieron, hasta que él se dió cuenta de que las babas se revolcaban con fieras de otro mundo y de que las cotúas se alborotaron como si hubieran visto al diablo, y entonces vio a los muy miserables riéndose y aumentando la apuesta por cada minuto que el perro permanecía en el agua, zuácata, un vastagazo por el lomo a cada uno, zuácata, otro vastagazo por el lomo y los encarriló a pedradas hasta la vaquera para que aprendieran a respetas a los mayores, carajo, y pasó todo un año sin acertar siquiera en qué parte se encontraba un bagre, porque cuando arrojó el perro ahogado en el centro de la laguna la serpiente ni siquiera asomó su cola para mostrarse contenta, y entonces comprendió que entre sus perros, la serpiente y él existía una especie de triángulo sensorial que se manifestaba de tal forma que la gente no cabía de gozo cuando él explicaba al pie de la letra cómo era que tenía qué hacer para sacar una buena cantidad de pescado, pero aun estando dotado de ese poder inigualable y sabiendo como ninguno el sitio donde estaba el filón de oro se mantenía como cualquier mortal de este mundo, paseándose en calzoncillos por la ribera, revisando vasijas de barro llenas de esqueletos indígenas y transformándose en una especie de anacoreta diferente a los existentes, olvidándose de su antigua vida errabunda y admirando cada día más aquel lago tan hermoso que traspasaba el horizonte y aparecía completo en la mente de quien lo observara, con sus islas monumentales y sus admirables secretos que lo hacían único en el mundo, una hoya que jamás dejaría, porque había comprobado que eso era lo que estaba buscando por tanto tiempo cuando caminaba sin rumbo fijo, y ahora esta atado a ese lugar que jamás lo había soltado aún estando lejos, que lo había atraído porque le pertenecía y de seguro no lo soltaría hasta que dejara de existir, como efectivamente pensaban de él todos los pescadores, los mismos que se olvidaran delas negativas que él presentaba años atrás cuando le hablaban de la laguna, cuando entonces era uno de esos tantos que se burlaba de cuanta historia se contara, pero que no pudo salir del asombro cuando vio por primera vez a la serpiente, la misma de la que se decía volcaba balsas y se comía hombres y que negó en más de una ocasión sin imaginarse que algún día la tendría frente a frente, a escaso tiempo de vivir en la orilla, cuando ya se había acostumbrado a ver las enormes bolas de fuego que se paseaban por la flor del agua, y de haber perdido el miedo de ver entrar y salir del lago extraños aparatos rutilantes que se movían a gran velocidad dejando una estela de luz en el aire, entonces estaba seguro de que ya no había cosa que lo sorprendiera, porque ni los fantasmas de los indios lo asustaban ya, pero cuando aquel día se alumbró más de lo normal y vio que las aguas se movían como no las había visto nunca, supo que existía algo que aún no conocía, entonces se hizo un gigantesco remolino más grande que siete barcos, luego se hizo otro mucho más grande que se tragó al primero, y un ruido ensordecedor se dejó escuchar como un trueno poco antes de desparramarse el agua por toda la orilla y dejar ver a la enorme serpiente erguida sobre su pecho, con aquella finura, con sus primorosos ojos de claraboyas submarinas y su porte monumental que por un momento lo hizo quedar con la boca abierta y los ojos brotados de la impresión, no porque aterraba, sino por la belleza del fabuloso ser que tenía ante sus ojos, más grande que la eslora de veinte barcos unidos, con unas centurias de más encima y aún sin empezar a diseminar su especie por el mundo, pero igual que cuando le conseguía guabinas a los indios, y con la misma delicadeza con que asombró varios siglos, antes a Juan de Villegas, era ella, sí, la serpiente enorme y bienaventurada que llegó del empíreo para bendecir las aguas sagradas de aquel lago, por siempre.

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