lunes, 23 de marzo de 2015

El Cazador


Por: Virgilio León
Maracay, estado Aragua


Tenía sed, llevaba cuatro horas bajando de la montaña bajo el agotador sol de junio cuando me quite el morral, pidiendo una cerveza desde el mostrador: me llamo la atención, estaba dispuesto a todo lo largo del salón en una sola pieza de un tablón del árbol de un samán, mejor deme un vaso encerado ordené, llevándose el de vidrio, tomé. Está fría, debe estar en el perco desde la noche anterior, pensé. Volvió con una botella de ron, era temprano, lo regó a todo lo largo de la madera ahuyentándoles las moscas, lo fricciono, dejando notar su oficio de muchos años, Expidiendo toda la barra un agradable olor. Sonaba en la rokola la canción “Amanecí En Tus Brazos “de José Alfredo Jiménez.

Amanecí otra vez
Entre tus brazos
Y desperté llorando
De alegría
Me cobijé la cara
Con tus manos
Para seguirte amando todavía.

Pidió unas perdices en salsa. Para llevar Por favor, dijo. Se paro justo a mi lado. Su perfume sobre su piel canela me embriago el cuerpo en bajas pasiones, le corrí con la mirada desde el trasero hasta los pies. Quise decirle algunas palabras, conocerla, deslizarle mis manos sobre el entallado vestido, quise hacerle sentir que yo estaba ahí, a su lado, que me gustaba que no tuviera el alma rota y quería hacerla mía.
Ignoraba mi presencia, recorrió con la mirada la colección de botellas y latas de las primeras fabricadas en el país, dispuestas en las repisas, pensé en brindarle una cerveza para así hablarle, una cerveza no!, me dije, es como muy ordinario, de seguro no le agradaría, pase la mano por la cara para cerciorarme si aún seguía rasurado, me mire las uñas para darme tiempo en que pensar. Mejor callo me dije, tomando un largo sorbo de mi cerveza, Miró al piano, separándose de la barra se dirigió a él, le pasó la mano por una esquina como queriéndolo acariciar, dirigiéndose al que aún trapeaba la barra, le dijo: ¡me permite!, por supuesto señorita, no faltaba más. Ajustando el banco al cuerpo se sentó, corrió los dedos sobre el teclado haciendo un gesto afirmativo, para así ejecutar magistralmente una de las piezas más emblemáticas de Beethoven, “Para Elisa”. El salón quedo en silencio, los pocos que estábamos aplaudimos, le quedamos mirándola. Sus ojos verdes esmeralda se detuvieron sobre mí, alterando aún más mi nerviosismo. Levantándose del taburete caminó hacia mí, estrechándole las manos las besé, sonrió, a lo que yo excitado no se dé que cosa, porque en todo la sentía bella. Le pedí que me acompañara en el piano, “Paloma Querida”. Es una canción ranchera le deje saber, no la sé, me dijo, a capella le fui dando la música, a lo que rápidamente retomó la melodía en el piano y le canté:

Por el día que llegaste a mi vida
Paloma querida, me puse a brindar
Y al sentirme un poquito tomado
Pensando en tus labios me dio por cantar. 
Me sentí superior a cualquiera
Y un puño de estrellas
Te quise bajar.
Pero al ver que ninguna alcanzaba
Me dio tanta rabia que quise llorar 
Yo no sé lo que valga la vida,
Pero yo te la quiero entregar:
Yo no sé si tu amor la reciba,
Pero yo te la vengo a dejar.

Realmente Felicia Maltesse se las traía tocando el piano, desde muy joven estudió en uno de los mejores colegios para señoritas en París. Aparte de sus idiomas materno y paterno hablaba con mucha fluidez el Ingles y francés. Había sacado el cruce genético de una negra Barloventeña y un pescador del mar de Liguria al norte de Italia. El enamoramiento se me subió rapidito al cuerpo, realmente estaba ante una hembra exótica de labios gruesos y piel canela, amén de sus ojos verdes esmeralda y muchos otros atributos que por celos no les he querido confesar.

Dos cerbatanas bien frías pedí. Cantábamos muy emocionados cuando el trapeador que ahora barría, señalando hacia el morral preguntó. ¿Que llevas ahí? las moscas lo están revoloteando. Son dos lapas le dije, están frescas. Las tiré en la madrugada. ¿Cuánto quieres por ellas? Dame 640, son 16 kilos a bs 40 c/u. Vamos a redondear eso en 500 me dijo, haciéndole un gesto afirmativo le dije, está bien, llevándose el morral a la cocina. 

No estuvo mal la inesperada negociación, andaba corto de dinero y aún más con el encuentro furtivo con Felicia. Comimos de sus perdices, del bolsillo saqué un envoltorio de papel con huevas de pescado  ¿Que es eso? Preguntó. Huevas de mero saladas y deshidratadas, las tengo preparadas cuando subo a la montaña. Pruébalas te van a gustar, acercándole una en la boca, ¡Oye! Me dijo, son rete ricas, mejor si luego te tomas la cerveza, me dijo, esa es la idea le contesté ¿Qué haces en la montaña comiendo solo esto? También preparo otros alimentos, llevo bollitos de maíz y otros de ñame, también casabe.¡Pero cariño! No me has dicho que haces en la montaña, dándome un pedacito de pan en la boca, ¡Soy cazador le dije, cazador, repitió, si cazador afirmé  ¿Y ese es tu trabajo? ¡Por los momentos si! Asentando con un gesto, Felicia entre su melosa curiosidad me interrogaba  ¿Cómo es eso de que subes a la montaña y cazas, que cazas? Lo que pase por el veladero y se coma ¿Eso es de día o de noche? Hay que estar en la troja encaramado, de día te pueden bajar los báquiros, venados por la quebrada y de noche las lapas o los picures, vienen por el cebo. ¿Cuando me vas a llevar? Tomándose con picardía un sorbo de la cerveza.

Primer cuarto menguante, había agrandado la troja protegiéndola con un plástico, la luna trae agua, señalo levantando el brazo, el relámpago persiste dejando ver el desnudo cuerpo, uno, dos, tres… quejidos y al final vuelve a su tenue respirar, la selva calla: Rozna el tigre, no temas le dije, ésta noche no hay peligro de ser nosotros su comida, su hembra está en celo y sus roznidos son simples habladurías de amores. Lo que viene es agua, pronuncié, acurrucándose entre mi cuerpo y quedarnos dormidos.

Dos cervezas. Pidieron al que trapeaba la barra. ¡Y el piano! interrogando al cantinero, se lo llevaron, estaba encantado, como es eso de que estaba encantado!, sonaba solo en las mañanas como a ésta hora. Cuéntame quien lo encantó? Repentinamente desde el fondo del salón se escucho un piano acompañando ésta canción: 

Por el día que llegaste a mi vida
Paloma querida, me puse a brindar
Y al sentirme un poquito tomado
Pensando en tus labios me dio por cantar
Me sentí superior a cualquiera
Y un puño de estrellas:
te quise bajar
Pero al ver que ninguna alcanzaba
Me dio tanta rabia que quise llorar
Yo no sé lo que valga la vida,
Pero yo te la quiero entregar:
Yo no sé si tu amor la reciba,

Pero yo te la vengo a dejar.-
Arriba en la selva nublada de Rancho Grande, por donde solo caminan los conocedores, al pie de un inmenso árbol conocido como el Niño o Cucharón se lee en una placa: A la memoria de nuestra querida hija Felicia Maltese. Quien siguiéndole las huellas a un cazador. Se quedo aquí para siempre.
Recuerdo de Sus padres.-
Selva nublada de Rancho Grande. 14 de oct. De 1.973.


Sitio web de la imagen: http://www.taringa.net/posts/info/17712851/Parque-nacional-Henri-Pittier.html

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