domingo, 1 de enero de 2017

LA PEQUEÑA MUERTE DE AMANDA



Por: María Teresa Fuenmayor

             Amanda pasaba hambre. Ultimamente la comida escaseaba. Frank traía lo poco que podía comprar con lo poquísimo que le pagaban y ella, después de compartir los alimentos entre Frank, la vianda que se llevaría al trabajo, la abuela, el niño y el perro, se encontraba con unas sobras escasísimas que no alcanzaban a llenar ni la mitad de su estómago. Esto sucedía en el almuerzo. Quedaba algo de comida para cocinar aún, pero si la preparaba para ella no tendría qué repartir a la hora de la cena. 

        De pasar tanto tiempo entre comestibles y aliños estos aromas se habían adherido de tal manera a su piel que a su paso dejaba una estela olfativa mezcla de eneldo y canela.  Por largo que fuese el baño, por mucho que se friccionase la piel, cualquier fragancia era anulada por aquella mezcla aromática que despedía al transpirar.

          Un día, en un mercado alejado de su casa al que había llegado atraída por tentadoras ofertas, mientras comparaba calidades entre los vegetales, su cuerpo desfallecido se deslizó al suelo. Ella no lo notó. Volvió a casa sin percatarse del cuerpo físico que dejaba atrás. En la morgue esperaron que alguien se presentase a tratar de reconocer el cadáver pero al pasar los días reglamentarios se le dio la sepultura debida.  El guardián del cementerio, al día siguiente, notó con sorpresa como en solo una noche en la tumba nueva había crecido una planta de eneldo.

Los familiares de Amanda, no se dieron cuenta de que había muerto, ella tampoco. Volátil, transparente, continuaba pegada a la cocina uniendo los quehaceres del desayuno y el almuerzo con los de la merienda y la cena.

        Lo único que extrañó, y alegró, a Amanda,  fue darse cuenta  que ahora no necesitaba comer. Se le hacía más fácil entonces compartir los alimentos  entre todos. Si la hubiesen mirado, su ser etéreo, ausente de corporeidad, les habría hecho darse cuenta de que estaba muerta. Pero sólo la veían para reclamarle cuando a la comida le faltaba azúcar o le sobraba sal y hacía ya mucho tiempo que sazonaba todo con exactitud.

Al pasar el tiempo falleció la abuela, largos años después el esposo 
 siendo ambos  reglamentariamente llorados y enterrados. El hijo se fue a Europa de donde nunca volvió.

 Décadas luego, un biznieto de Amanda, quiso conocer la tierra originaria de su familia.  Llegó al poblado, ubicó la antigua residencia ahora en ruinas.
Entró, recorrió sus largos pasillos vacíos llenos de polvo y telarañas. En el área de la cocina se sentía ruido. Se dirigió hacia allí y entonces la vio: afanada como siempre, iba de una a otra pared, donde en su tiempo hubo armarios con utensilios de cocina y de tanto en tanto entraba a lo que una vez fue la despensa.

Amanda alzó la vista y lo distinguió entre la semipenumbra de la tarde que ya se iba.  Se le acercó y, amablemente le dijo con sonrisa cansada:
-Debe ser usted amigo de Frank. Él tarda en llegar del trabajo… ¿Desea una taza de té?

Él, mirando a su bisabuela a los ojos, negó con la cabeza, se dirigió a la pared de mampostería del fondo y la atravesó yendo hacia la luz que
al fin había aparecido en frente suyo.



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