"LA CASA SOBRE EL CUARZO BLANCO" (DE VIRGILIO LEÓN)



El escrito  Virgilio León Puppio ha tenido a bien compartir con los lectores de www.desdevilladecura.blogspot.com su mas reciente publicación: "La Casa sobre el Cuarzo Blanco".  Quienes luego de leerla deseen tenerla en físico en sus bibliotecas  u obsequiarla a alguien en especial pueden escribir a su email 
virgilio_leon1945@hotmail.com para acordar la adquisición de la misma.





LA CASA SOBRE
EL CUARZO BLANCO




CASI UN PRÓLOGO

Virgilio León, el poeta de la calle 106 de Calicanto, accede con este libro a su tercera publicación y en él, a la manera de Sam Shepard en sus famosas Crónicas de motel, Virgilio ha mezclado poemas y relatos dentro del mismo conjunto, sin que un género desmerezca del otro.
Por el contrario, en nuestro autor la escritura emana como algo natural por lo que la diferencia de género no influye en la calidad del producto. Quienes crucen las puertas de esta construcción verbal encontrará, como en las publicaciones anteriores, el sabor de lo añejo, del tiempo perdido y sólo recuperado por mediación de la palabra, rico en anécdotas, sabrosas mentiras y líricas ensoñaciones.
Entre los extensos parajes del llano y una Maracay todavía provinciana, entre el sueño y la vigilia, nuestro autor nos va entregando sabrosas páginas de franca elocuencia que nos hacen pensar que si “todo tiempo pasado fue mejor” lo es porque en la escritura tendemos a vivir lo mejor de nuestros recuerdos, aunque éstos sean inventados como creo sucede con algunas de las fábulas que Virgilio nos ofrece.
Como bien ha escrito nuestra común amiga Julia Elena Rial: “La memoria literaria exige salvaguardar las imágenes reales, no siempre por la lógica del relato sino por el sentimiento del escritor que reclama siempre la presencia del pasado”.
Esta es la invitación que nos hace Virgilio León cuando deja entreabierta las puertas de esta casa construida, palabra a palabra, sobre su atalaya de cuarzo blanco.

Manuel Cabesa 
Diciembre, 2014.






PALABRAS DEL AUTOR

Me inclinaría a decir que, para los que caminamos en este infinito mundo de las letras, escribir es fácil, lo difícil del narrador es mantener al lector aferrado a la lectura, hasta que el sueño o el cansancio lo venzan. Escribir es un oficio de nunca aprender, se debe llevar sin alardes y con humildad encontrarás la sabiduría.-

A Elisa Virginia


Edición al cuidado de Manuel Cabesa
Portada de Javier Virgilio león
Agradecimiento a mi hermana Gioconda León Puppio
                                     por su invaluable apoyo.   



ISABEL

A Isabel la de Garabato

Nadie sabía lo que hacia aquellos viernes temprano en la mañana, cuando a escondidas me encaramaba por la puerta de atrás en uno de los autobuses rojos que venían de Valencia, haciendo una breve parada frente a la plaza Girardot de Maracay.
A media mañana estaba ubicado en una de las mesas de la cafetería aledaña a la iglesia y a la plaza de Villa de Cura, porque yo sabía que Isabel pronto llegaría. ¡Y llegó! Venía del liceo, nos dimos un suave beso en la mejilla. Haciéndola sentar a mi lado, nos saludamos: “¿Qué tal todo?”, sin dejarnos de mirar. “Está bella” - pensé, pasándole la mano por los labios, e iniciamos la lectura de nuestros poemas escritos a lo largo de los otros días de la semana.
Había conocido a Isabel en las fiestas de su pueblo, Garabato, así como ellos lo nombran. Eso fue en una de las tardes de coleaderas.  En aquel rebullicio de un toro de feroces embestidas, con afán de guarecerme de prisa subí las talanqueras y, sin querer, entre el gentío nuestros labios se rozaron. Ahí, entre el calor y el sudor nos dijimos los nombres, y sin perder la oportunidad le dije: “Te quiero”.
Isabel era mi novia. En la cafetería se lo dije tres meses atrás, le dije así, en mi cuaderno apunté tal cual mis palabras: “Te quiero Isabel, dime que serás mi novia”.  Y ella, viendo hacia el reloj de las diez de la mañana de la iglesia, me dijo: “Yo también”. ¡Así no!  - le contesté - mira hacia acá que la iglesia no soy yo. Se volteó y rio: “Sí, te quiero, seré tu novia”.
Ella leía en voz alta su poema, mientras, a sorbos, yo iba consumiendo el frío de una cola El Polo, sin dejar de morder la catalina.
Isabel, mi novia, es muy bonita. No hay mujer por aquí más bonita que ella - pensaba yo. Haciendo ella pausas en las estrofas, levantaba la cara, me veía con su rostro de mujer enamorada. Por segunda vez besaría a mi novia desde la tarde en las talanqueras, y hoy, cuando ella leía las últimas líneas de su poema:

Quiero que me beses en los labios,
en este instante, en esta mesa,
Sentados en nuestras sillas
¡ahora!
¡hazlo!
en esta cafetería
frente a la plaza
aplaca mi sed.

Isabel no se molestó cuando le llené la boca de cola  El Polo.
Isabel, como un suspiro se fue muy joven, muy breve. Solo dos besos nos dimos: aquel, el de las talanqueras de la manga de toros, y el otro, cuando leímos nuestros poemas sentados a la mesa de una cafetería en una esquina de la plaza de Villa de Cura.



¡Calla!
 no digas nada,
 aprieta el volante,
 mira y maneja,
 mientras mi mano
 lentamente acaricia
 esa parte cercana a tu cuello,
 ¡Calla! ahora
 cuando recuerdas esta oración.




LA MUJER DEL MORICHAL DE RABANAL

Alejadito del caney encendíamos entrando la noche un mechero de gasoil, lejos porque huele desagradable y ahúma mucho. Bueno, es para ahuyentar los zancudos y mantener a distancias las almas en pena que suelen llegar cuando se enteran de un grupo de personas reunidas, hablando de las cosas sucedidas en la bastedad del llano.
La noche de la muerte de la yegua la comentábamos alrededor del Don. Cada quien traía desde la cocina la silleta de cuero, porque todos teníamos algo que contar.
Ese tigre dejó el rastro mirando hacia potrerito, de ahí es, de los costos del Orinoco. “Ese bicho es muy caminador para acabar con la yegua en el patio de la casa - afirmaba el Don - y lo raro es que mató y no comió”. Ese es de los peligrosos, uno como ese fue el que mató a la mujer de Rabanal, afirmó “Pelo de mono". Dicen los de por ahí que rozna muy feo, emboscado muy adentro del morichal.

-Cuando ando por esos lados - enfatizó “Pelo de mono” - le pongo a la bácula un cartucho Rémington tres en boca, porque si me sale lo dejo sembrado.

“Mapurite”, burlonamente, volteando la silleta donde estaba sentado, atinó a decir: “Será sembrado de mierda por la cagazón que te vas a echar”. Todos, hasta las carajitas hijas de Justina soltaron a reír.  Celebrando las ocurrencias de “Mapurite”, escuchamos un alboroto en la cocina, corrimos bajo la luz de las linternas, vimos todos los trastes, canarines, platos y calderos por el suelo y el fogón encendido.
Al rato, por los lados del caney escuchamos a una mujer gritando y llorando; se fue alejando con sus penas hacia el morichal de Rabanal, no sin antes apagarnos el mechero de gasoil.




Escondida
desnuda
lentamente, te vas elevando entre la niebla de la sabana
siempre desnuda llena de mudez
en aquellos rincones llenos de palmares hechos de ti
donde mis dedos apenas rozan tu piel
y mis besos tratan de alcanzar tus labios
que silencio
en la noche de anoche, yo estuve ahí
tratando sobre la niebla escribir tu nombre
aun sabiendo que eras mujer ajena te seguí buscando en aquella
niebla de la sabana
a la sabana de potrerito donde nacían tus poemas con tan solo pensarte.








EL CAMPITO

2: 33 de la madrugada. Con el resplandor del mechero de gasoil a un lado de la sábana, se notaba lo vacía de la botella de Cacique; ya a esa hora, para pedir otro servicio, hay que tener muchas ganas de beber. “Pide la otra”, dijo el zurdo Rojas, poniendo sobre la mesa un bien doblado billete de veinte bolívares que guardaba en el bolsillo más pequeño de su pantalón.
La muchacha agarró el dinero, internándose en lo que es una pieza grande, dividida con una tela acaballada sobre un tubo; del lado izquierdo de la entrada se situaba la rockola y el perco. En la pared, sobre unas tablas pegadas al bahareque, simulando unas repisas, se exhibía un frasco de Amargo de Angostura, otro de chirel tuyero, un paquete de galletas saladas Saltines y varias latas de atún La Gaviota. ¡Ah!, un paquete de servilletas y otro de papel tualet.
Del otro lado de la cortina estaba lo que ellas llamaban la pieza, todo se componía en una cama matrimonial con un añejo y maloliente colchón que casi tocaba el suelo sobre un vencido jergón abatido de tantos meaos. La cama se refleja en el espejo del escaparate sin gavetas, ni la otra puerta era parte de aquel mobiliario.
La pieza contaba con un lavamanos de un perenne grifo derrochando agua. A un lado, situados en la pared, una hilera de clavos fijados sobre un listón de madera. Una tenue luz rojiza en la parte alta del techo se mostraba e insinuaba para hacer el amor.
Cuando ellos: el “zurdo” Rojas, “Ñeque-ñeque”, Isabelino, “Camaleón” y “Negro lindo”, venían de regreso de la pieza con sus cuentos de supermán, el poeta Morales les iba apuntando en el papel de una caja de cigarrillos Fortuna todas esas imaginaciones habidas en la casa de tres bombillos rojos: uno a la entrada, el otro alumbrando la rockola y el perco; el último, el de la pieza se quedó para siempre alumbrándole la cara de abismados, a aquellos muchachos compartiendo la tercera de Cacique en el burdel más nombrado en el Apure, señalado como El Campito.




3:47 de la madrugada
que voy hacer si te amo
¡mira como ayer te bebía!
te soñaba
en el trago frio de una cerveza
a la puerta de la licorería Los García,
en una ciudad llamada Maracay
donde caían diluvios
sin saber ella,
que los que amamos,
amamos en el silencio de los recuerdos,
en el barandal de babor cruzando océanos,
mirando distancias,
la de tus ojos a los míos
¡oye! dame otro beso
a sal marina,
a cerveza fría,
y otro
por el postigo de tu ventana,
cuantos años tenías  Florinda
hija de los esteros de Camaguán







MIS AMORES CON IMELDA PASTOR

La canoa permanecía boca abajo sobre unas horquetas a las sombras de unos matapalos cercanos al rio. Nos hubiéramos evitado muchas molestias si en aquel tiempo hubiesen existido los teléfonos celulares, ¡pero no! A tambor batiente anunciaba mi presencia, asestándole con una piedra, golpes y golpes, a la canoa para que la brisa sabanera te llevaran mi grito de amor, y tú lo oías, y le decías a tu "mama": “¡Maa! voy a ensillar a ‘Arroz con dulce’ pa’ echarle una miradita por la costa del rio, donde los zamuros tienen rato revoloteando”. “Está bien hija, llévese la bácula y unos cartuchos, porque uno sabe que bicho raro le pueda aparecer a uno”.
Picando al caballo por todo el medio del estero de los arrendajos, Imelda se enrumbaba, buscando las costas del rio Manapire, sabiendo por el oído el sitio exacto donde podía estar. En realidad no era mucho la distancia, unos dos kilómetros, y en un caballo como “Arroz con dulce”, alegre y pasitrotero, las distancias se hacen cortas.
Una tarde de coleaderas en Santa Rita, conocí a Imelda, ella no más de dieciséis años; y yo de diecisiete, coincidimos encaramados en las varas de guafas, como si nos hubiesen puestos apareaditos. Luego de bebernos varias cervezas, en juego le dije que la quería, y para mi sorpresa me dijo: “yo también te quiero, pero no sé ni siquiera tu nombre” “Y yo tampoco - le respondí - pero eso no importa, lo que vale es que te quiero besar. Anda, dame un beso”, y en la quinta pedida me lo dio. Ahí, entre el polvo levantado entre caballos y toro, nos besamos, la besé como todo incipiente enamorado.
A los pocos días, antes finalizar las fiestas, le dije que se fuera conmigo. “¡No!- me dijo. Estoy a punto de sacar el bachillerato y quiero seguir estudiando para doctora”.
Pasaron los años, y en sus vacaciones de la universidad llegaba al hato Los Arrendajos, donde su "mama", y yo lo sabía más que todo por intuición. Entonces, en un santiamén, sacaba del río un sartal de caribes y los ponía al sol en la costa del monte para que su "mama" viera en el cielo el agitado revolotear de los zamuros, mientras la brisa sabanera, golpe a golpe en la canoa le anunciara mis gritos de amor.



Un scotch
una caricia,
mas uno y dos y tres besos,
la tarde,
la canoa
y aquel río,
Hay momentos que nunca dejan de pasar,
ven, una vez más,
crucemos las copas.-













EL JARDÍN POLAR
A Roberto Rossi.

Esta mañana pedaleaba Delicias arriba, en mi ciudad de Maracay. Cuando un grupo de estudiantes del pedagógico solicitaban colaboración por ser hoy el día de ellos, cuestión no reseñada en los diarios revisados en la red.
Luego de guardar la cartera, a mi derecha vi el oso, emblema de la cervecería Polar, vaciado en cemento a escala natural, como quien dice, una pinga de oso.
Sí noté en su rostro la ausencia de la nariz, me imagino todo debido al vandalismo que impera y ha imperado desde que se fue el general Marcos Pérez Jiménez.
Bien, en esos espacios en lo que una vez fue El Jardín Polar, hoy son salones para la docencia. Funcionó en los años cincuenta y principios de los setenta el complejo ferial de Maracay, un reflejo próspero de un estado Aragua agrícola y pecuario, con una notable industria en varios géneros. En realidad, lo que quiero reseñar se refiere a El Jardín Polar, un espacio con tribuna y camerinos para los artistas venidos de todos los rincones del país a demostrar sus cualidades en diferentes artes.
José D’Yator, el conductor del espectáculo que se lucía por tener una voz histriónica, anunciaba cantantes, bailarines, comediantes, declamadores.
Solo les voy a dar a conocer unos pocos: Amador Bendayan, Alfredo Sadel, Néstor Zavarce, Adilia Castillo y Estelita del Llano, entre otros. Muchos de ellos se han ido. Todas estas presentaciones se realizaban a lo largo de la semana que duraba la feria, totalmente gratis. Los parroquianos disfrutábamos de un ameno esparcimiento. Luego de salir de la manga de toros coleados, ese era nuestro sitio de encuentro por lo agradable y poder seguir tomando las cerbatanas súper frías, que si se quiere por aquel precio eran de regalo, y lo digo así porque después de pedalear toda la avenida de Las Delicias me detuve en esa licorería que está en todo el frente del Zoológico, en la esquinita, como quien baja hacia el río de La Pedrera.
          Bueno, ahí de pie y al sol me lance un tercio polar (borra memoria) pagando la cantidad de 35 bolívares fuertes. “¡Coño!- dije - se estremeció Sadel en la tumba”, porque con este precio tendría 70 de aquellas cerbatanas súper heladitas, para tomar y brindar a los amigos en El Jardín Polar oyendo a Sadel cantar y todavía quedándome dinero para pagar el regreso en autobús.
















5:37 de la madrugada
tengo tu retrato,
lo llevo en  el móvil,
lo abro y te beso entre el olor a café
a veces hay noches donde miras mi sueño
y sobresaltado despierto,
te ubico sonriendo a todo lo ancho y largo de mi televisor,
donde te escondo como un secreto más de mi habitación,
también tengo otro retrato
en la casa sobre el cuarzo blanco
por la ventana al oriente,
donde un día vestido de mago debo volar para encontrarme contigo.









LA BODEGA DEL PAISA

        Dame una sorpresa “Paisa”. Se trataba de un cono de cartón envuelto en papel crepe, una locha (moneda de 12 céntimos y medio) le pedía a mamá. Feliz si encontraba el anillo del Fantasma entre varias pepitas azucaradas, pero a veces traía una sortija de mujer. “¡Nojooo! - le refunfuñaba al “Paisa” - cámbiame ésta “Paisa”, salió pa’ mujer. “No puedo- me decía- por eso se le llama sorpresa”.
La bodega no quedaba lejos, solo a dos cuadras de casa, por eso me dejaban ir solo. Tenía la alternativa de comprar otras cosas por ese precio, porque a través del vidrio del mostrador se exhibían las roscas azucaradas, conservas de leche y de coco, polvorosas, alfajores, golfeados, suspiros, papitas de leche, y no voy dejar nombrar los exquisitos aliados. Todas estas delicias las tenía el “Paisa” de aquel lado del vidrio de su mostrador. Solo por el precio de una locha.
En la parte trasera de la bodega estaba el llamado cuarto de los cambures, era costumbre entre los parroquianos instalarse ahí, para jugar domino y tomarse las cerbatanas bien frías.
Un día a eso de la una de la tarde, cuando en las calles de Calicanto no se veía un alma, se presentó en la bodega el chivato de Sandoval. El “Paisa” hacia la siesta enchinchorrado en el cuarto de atrás, en un dos por tres el chivato arrasó con toda la existencia dulcífera.
Pasó el tiempo, comenzando diciembre el “Paisa” se reunió con sus amigos para celebrar no sé qué vaina con un chivo al tarkari, jugando dominó en el cuarto de atrás, el cuarto de los cambures.








Buenas noches amiga
descansa que la noche esta lluviosa
y hay miradas extrañas
posadas en el cable que pasa al frente de tu casa
no te asustes,
yo tengo esos arranques de loco
por eso me amarran por estos días de lluvia.











VIRGEN PURA

Era de noche, la casa de bahareque, tejas y caña amarga, se situaba al final de la afanosa cuesta. Desmontamos, la niebla con dificultad dejaba ver el piso del patio tramado en baldosas de arcilla.
En la forma como se hablaban los mayores, determiné que habíamos llegado a la hacienda, luego de cabalgar toda una tarde y parte de la noche en la llamada sierra del sur de Villa de Cura. Esa noche hizo mucho frio, luego de cenar frijoles, bollitos y mortadela frita, colgamos los chinchorros en una habitación donde arrumaban el café lavado.
Más allá, en una esquina de la misma habitación, estaba la bodega de la hacienda, separada con paredes de cinc. Era pequeña, pero con lo necesario para atender las necesidades perentorias de los jornaleros de la hacienda: café, panela, pasta, arroz, sardinas, sal, aspirinas, mentol Davies, bicarbonato, fósforos, cigarrillos, chimó, tabaco en rama. No puedo dejar de apuntar las limas triangulares, dos bolívares era su precio, una herramienta de suma utilidad en el campo. Y aguardiente El Recreo el cual solo despachaban en la medida de un vasito de vidrio.
Algunas veces la bodega tenía un surtido de laticas de leche condensada y gaseosas marca "Bidu", consumidas al ambiente porque nevera no había. Estas delicias las compraban los muchachos que igual a los mayores recolectaban el café en los tiempos de zafra. Existía un cuaderno de control donde Eduardo el bodeguero, tarde a tarde, uno a uno, los iba despachando, y cada quien se despedía rumbo al rancho con sus corotos dentro del morral. De aquel primer viaje a mis doce años de edad, de Virgen Pura guardo estos recuerdos, cuando la casa vieja la echaron abajo para darle amplitud al patio del café, ya que los espacios planos eran muy difíciles por su situación en el lomo del cerro. Los caballos eran dos: el primero, llamado “El mocho”, perdió una oreja en una pelea con “El rosado”; como llamaban al otro. Estos caballos no se podían ver. Más de un mal momento pasé sobre de ellos cabalgando en las serranías de la hacienda Virgen Pura.




Yo sé
que tú estás siempre ahí,
viéndome como el cabello
se me pone de blanquito,
como si fuera
el algodón de azúcar de un domingo
que venden
donde llevo a pasear a mis nietos,
y tú me ves y te ríes
como si fuera la primera vez que nos vimos.








IVANA IVALOVA


Hoy, en la madrugada de las 2:20, alguien llama a mi puerta. “Soy yo señor Virgilio - me dijo - es la señora que esta tarde le hizo una carrera a su casa”. Viéndola por el monitor la cámara registraba su belleza, sin duda se trataba de una mujer muy bella.
Recuerdo que en el trayecto de la carrera estuvimos hablando de poesía. “Aquí le traigo algunos de mis poemas, me dijo que le gustaría leerlos”. “Sí, sí…”, atiné a contestarle. “Los puedes dejar en el casillero”.
“Gracias, muchas gracias”, fue lo único que le pude decir. Se había ido, ya no estaba a lo largo de la calle ni tampoco se veía ningún vehículo.
Qué extraño, pensé, quien le habrá dado mi nombre. Evidentemente, Ivana Ivalova andaba penando, buscando alguien que la leyera. Por eso mi perro Pancho, sabiendo cómo soy, no ladró. No ladra cuando soy visitado por esas personas que buscan a alguien que las comprenda.




EL MIRÓN

La catirota esa que le gusta exhibirse para todos los mirones aledaños a su ventana, la del piso paralelo al edificio vecino al mío. Ella, que esta más buena que comer con las manos, llega puntual a las seis de la tarde. Como quien se va a echar un duchazo, abre la ventana, prende la luz, y en la tranquilidad de su habitación empieza con calma y mucha parsimonia a desnudarse, a veces viste de pantalón, otros días de falda, o vestido completo.
De espalda a la ventana, empieza por desalojarse el brasier, con suma lentitud se va bajando el blúmer, y despojándose de todos esos adornos que ella suele llevar, tales como pulseras, collares, anillos, que ella va colocándolos en el clóset.
Tarde a tarde la venía buceando (mirando) en esa distancia que me impide verla con claridad, cuestión que me hizo comprar unos binoculares de última generación que me costaron el precio de cuatro pimpinas de ron “pata é elefante”, de esas que elaboran en la hacienda el Recreo de la población de El Consejo en el estado Aragua.
A ESA DISTANCIA CON ESTOS BICHOS CARTELUOS, DE SU VENTANA A LA MÍA, SE LE PUEDEN CONTAR LAS RAYAS DE LOS OJOS A UNA MOSCA.
Temprano, ese día de la compra de los binoculares, la espere campaneando una “cuba libre”. Aguarde a la bella catira, ¡y llegó! Se desnudó en la forma habitual. “¡Coño! - me dije - si es un caramelito de mamita”. Entonces, en ese deseo de ver más, apreté un botón donde dice “zoom” y chas llegó la imagen clara y nítida. “Tremendos binoculares compré”, me dije.
Ante tal expectativa me encontraba, cuando de repente la naturaleza despide un rayo de esos que estremecen los cristales de las ventanas. La catira se llevó las manos a la cara. Impávida de temor, se volteó para mostrarme las dos bolitas colgándoles entre las piernas.





EL LLANERO SOLITARIO

El tipo alto y fornido, de antifaz. Sudoroso, de sombrero de fieltro a lo texano, con dos pistoleras donde enfundaba sendos revólveres de ocho pulgadas: Smith and Wesson calibre 44. Con balas de plata. Venía de Arizona, donde poseía un rancho más grande que el de Rockefeller. Luego de siete días de arduo viaje, amarró a Silver, su caballo, al frente del Saloom Juliette en la desolada calle de las dos de la tarde del pueblo de Carson City.
Pidió un whisky doble. Antes de servirlo el cantinero, le dijo: “mejor déjame la botella y ocúpate de que alguien atienda a Silver, mi caballo”. Recorrió con la mirada, no sin antes soltar un escupitajo de tabaco que se fue lentamente resbalando en la pared hasta detenerse en el piso.
Luego de asentar con un gesto, dirigiéndose a los presentes, les dijo: “Agradezco la presencia a todos mis invitados, en especial del secretario del condado de Arizona, quien va a legitimar mi matrimonio. A ustedes venidos de todas partes de EE. UU donde soy ampliamente conocido, también les doy las gracias”.
Ya con el libro preparado, el secretario, como de rigor, con testigos y mirones, procedió a efectuar el legítimo matrimonio. Pasado el tiempo, y viendo al secretario algo impaciente porque su prometido no llegaba para el acto, lo llamó al celular (en ese tiempo en el país de los sueños dorados, ya existía el celular). “Aló, aló. Toro, donde estás, te estamos esperando”. “¡Esperando pá qué, quimosaby!” - le respondía su amado Toro. “¡Coño chico, pá casarnos! Tú sabes que aquí en Carson City eso es válido en una pareja como nosotros”. “Pero quimosaby, yo estoy casado con la hija del jefe apache Cabeza de Búfalo (la que llaman la Paraulata), si hago eso me llamarán bígamo y me sacaran el cuero cabelludo, y te dejo porque me estoy quedando sin batería”.
¡Coño!, la arrechera del Llanero Solitario fue muy grande, montando a su caballo dijo: “¡Ayoo, Silver!, vamos a buscar a ese indio embustero que me dejó con los crespos hechos”.


Casa de caña amarga
de tejas
los años la pintaron de verde
y también de tristezas
paredes aprisionadas en el bahareque
con el barro de la sierra
habitantes de la niebla
dueños de sus espacios
ahora en la cocina alguien hierve el agua de mi café
en el fuego de sus manos.











EL CAFÉ PARIS

“Así es su nombre”, había un cielo claro, hoy le dije a Bella Máltese para sentarnos cerca por donde nadan los cisnes y verlos atrapar en el aire los trocitos de pan que a mí me gusta lanzarles.  Agradable se ha mantenido la temperatura, debe andar por los veinte grados centígrados, eso le venía calculando, se aprecia en la frescura de las flores que nuestro mesero nos ha dejado, para nada marchitas.
“Dos milhojas, el vino de la casa, con queso y jamón de la sierra, el mismo pan”, le dije. Anotando la mesa se aleja tomando las comandas de los otros visitantes.
A Bella Máltese le agrada esta cafetería porque es una de las pocas en hacer el pan, pan de piedra, así le dicen los parisinos, es un pan consistente, ovalado y muy propio para comerlo con el queso y el jamón de la sierra, sobre toda en la forma como lo traen a la mesa, muy caliente y envuelto en servilletas de tela y protegido en una cesta de mimbre. 
Hoy fue un día muy especial, desde hace días estaba por decírselo, eso de que yo quería que se mudara a mi apartamento, porque esa es la única forma deseada de vivir aquí en París, con Bella Máltese.









En esta madrugada de lectura
de voces
de gallos,
de grillos y de perros
me sitúo por la ventana al oriente,
a soñarte,
a pasarte mis manos por tu cuerpo
como si fueras el libro aprisionado en mí
eres obsesión,
agobias mis horas de leer
cuando el reloj dice las dos
las tres y cuatro de la madrugada,
te amo
por ese silencio que ahora abate la noche
y esconde las voces de los gallos
de los grillos
y de unos perros aprendidos a cantar
en esta noche de gritos
te amo.






ALGUNOS RECUERDOS DEL LLANO VENEZOLANO

Llano en abril, Aguaro, Guariquito. Truenos y nubarrones, los motores de los fangueros tosen entre agua y barro, arriba todo es invierno, ya estábamos a poca distancia del hato El Miedo. Donde sería nuestra primera pernota, Lander nos brindó con una de whisky como para darnos animo e intentar librar del barro a las cuatro Toyotas atascadas.
Caía la noche, “Guzú”, Eduardo y el flaco Alcalá abrieron carpa en un sequito del bajo. Muchachas y muchachos, todos tesistas de la Cátedra de Fauna silvestre de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, morral en la cabeza. Caminamos en la noche atravesando el bajo del hato El Miedo con el agua en el pecho; guiaba a aquel grupo iniciándose en el llano, fungía así como una especie de cabestrero en medio de una noche de pleno invierno.
Ahí, ya en el hato, en una media agua que servía de cocina y galpón de depósito de la peonada, logramos guindar los chinchorros. La cena de esa noche me supo a gloria, calienticos los frijoles, aliñados con el gusto del ajicero, queso y bollitos, súper cansado me quedé dormido. Cuando alguien dándoselas de fuerte entonaba no sé qué canción entre los acordes de un cuatro.
Amanece, los mismos llaneros que nos habían brindado cena, con sogas ataviadas a la cola de los caballos, desatollaron del barro las camionetas. Habíamos desistido seguir adelante en busca de nuestros ejemplares de fauna silvestre. Decidieron los profesores quedarnos en la Zanjonuda, un hato cercano de un exalumno del coordinador.
Ahí entre el personal de apoyo, profesores y estudiantes, se armó la fiesta en el pozo de aguas cristalinas cercano a la casa, llamado “El Chorrerón”, todos nos lanzábamos, mientras a un lado montamos el sancocho de costillas, como debe ser, a la leña, lo que sería el plato fuerte del día.
La “Corocora”, apodo tildado a una exuberante catira integrante de los estudiantes, se lucia exhibiéndonos diferentes bikinis, (muy bella la mujer) entre aquel inolvidable pozo. Parece que fue ayer aquellas décadas del ochenta y noventa.
De aquel grupo a veces me encuentro con Francisco Quiñones por los alrededores de El Limón, donde vive. El profesor Eduardo, reside en España con las hijas. Al “Guzú” y el Flaco Alcalá esporádicamente cambiamos los recuerdos cuando nos encontramos en Maracay.
Un abrazo a los amigos dispersos de la cátedra de Zoología agrícola de la UCV y en especial a Valentina Rodríguez, quien hizo su tesis de grado sobre ese voraz pez conocido como Caribe o “Capa burro”.
De aquellos viajes a los llanos venezolanos como colector de fauna silvestre de la UCV guardo gratos recuerdos. Esos ejemplares capturados forman parte de la colección del Museo de Zoología Agrícola de la UCV.






De besarte
lo haría en la arena,
otras cosas,
como por ejemplo, ahí acariciarte
buscaré agua de ese mar
para que así,
rígida
poder moldearte
al mar de Ocumare.













LA CAVA DEL PROFESOR DE ARTE

José Luis, amigo de uno de los profesores, y también profesor, pero de arte, de voz aflautada, recién llegado de Francia, dictaba clases en una universidad privada de Maracay. Se le ocurrió un mal día anexarse a nuestro grupo de puros jodedores y de jueguitos muy pesados en los viajes de fauna silvestre, organizados para los estudiantes de Agronomía de la UCV para elaborar sus tesis de grado.
En esa época de la “Venezuela saudita” con poco dinero podías satisfacer la gula hacia los alimentos exóticos y de exquisitas complacencias al paladar.
Una vez arranchados a orillas de la laguna “La vuelta del oso”, Aguaro, Guariquito, estos jodedores le descubrieron dentro de la camioneta la cava al profe de arte. Ahí, entre el hielo seco, mantenía vinos franceses, ensalada de frutas marca Monarch, una caja de compotas Gerber de albaricoque, muy exquisitas por cierto, ¡aunque yo no comí! Bueno… estos coños le comieron la mitad de las compotas, y llenando los frascos de médano (arena) se los pusieron con cuidadito, bien tapados, debajo de las restantes llenas (sin consumir). Ahí permanecieron las compotas súper frías a lo largo de la semana de pesquerías, entre otras delicateses dentro de la cava que a diario ante la vista de todos el profe de arte iba consumiendo.
Llegó el día del retorno, el profe, como es natural, seguía comiendo de sus compotas de albaricoque, por supuesto; primero, las de arribita, y estos jodidos del carrizo entre ellos se reían en aquel trayecto de sabanas y más sabanas, medanales, matas y esteros, más se reían.
En un alto del viaje de retorno, bajo los frondosos árboles del rio Aguaro paramos a comer, luego de esa ardua travesía de tres horas. Nos bañamos para sacarnos el tierrero del camino, porque ya pronto llegaríamos a la carretera asfaltada.
Echando cuentos en aquel pozo refrescante, Carlos Andara desde la orilla con su cuatro nos cantaba, la pasábamos del carajo en el río. Cuando de pronto el profe de arte llegó “mentando madres”, nos cayó a compotazos a los que disfrutábamos las frescas aguas de río Aguaro. ¿Por qué sería?
Más nunca lo vimos, solo el polvero cuando arrancó bruscamente la camioneta.


A mí me gusta amarte de a poquito

así como de a poquito mordisqueas el pastelado

en el calor de la tarde,

siempre quise morder ese frio en tus labios,

ahora cuando sentado

en la heladería Glip

de Parque Aragua

en una servilleta te escribo entre el sabor de mi helado.






LA MATA HERMOSA


Rodeada por sabanas, calcetas, esteros, y lagunazos. Y todas esas cosas en el imaginario de un llanero, porque también en uno de los trechos para llegarle, tenías el difícil médano de los indios; dos leguas de arena rojiza. Lista para tragarse al más pintado. ¡Si no!, que alguien me de señas del “Corroncho” Martínez, quien para acortarle camino al llano, le soltó la rienda al tordillo por todo el medio del arenal. Del “Corroncho” y del caballo, más nunca supimos nada.
Con ganas de amarrar un ganado cimarrón bien crecido, montamos durmienda por varios días en la quesera de la "Mata hermosa". La quesera tenía ese nombre a pesar de quedar a medio día de camino de la propia mata. De que eran los mejores montes para sacar pencos de toros bien criados, lo eran y, ¿por qué no?, aún lo deben ser. Pero eso de vivir al lado donde dicen que una mujer sobre una mula maneta y rucia te espera a la vuelta de un camino, debajo de un quiebra-hacha donde hay agua corriendo sabana adentro, con el sol de las dos de la tarde, oyéndole con cuidado la conversa al “Corroncho” Martínez, sigo quietico en mi hamaca, como quien ata cabos. Sigo escuchando el habla del “Corroncho”, porque esa mujer, tal como la pinta fue la mismita mía con la que me tropecé en las vaquerías del año pasado: alta, rubia, de cabellos enclinejados, y por supuestos de unos ojos azules por demás hermosos. Pero, ya dispuesto a desmontar, siempre hay un pero, cuando habló “Arroz con dulce”, el caballo: ¡si te apeas te dejo, no ves que es la muerta de la “Mata hermosa”, muchacho pendejo! Es que ese “Arroz con dulce” si sabía de vainas y de muertos.








Señora
bella señora
le ruego
guárdeme éste beso
en la tranquilidad de las 2:30 de la tarde
luego de apartar tu pelo,
luego de besar tu cuello
si acaso beso en tu boca ya no importa
si ahora muero...






MOTOLOCO

Haciendo un sonido con la boca, “Motoloco” aceleraba y desaceleraba su moto en las puertas de las casas para ofrecer sus habituales servicios, es su forma de anunciarse. No había en ese pueblo nadie con una voz más fuerte y unas piernas más rápidas en atravesar el pueblo, rumm, rumm, rumm. Oyéndose cuando decía: “apártense, no tengo frenos”, y funn, funn aceleraba, haciendo los cambios de la caja con la voz al cruzar con un derrape en la farmacia del “Chingo” Ortiz. Y funn, funn, acelerando recorría la calle principal con una pimpina de kerosene en la mano hasta la pulpería del sordo Ruperto. Dijo uno de los más viejos del pueblo que antes de ser moto era avión. “¿Cómo es esa vaina?, explícame”, se le oyó a uno del grupo.
“Bueno, ese llegó una noche silbando como un vampiro, tú sabes esos bichos rompiendo la barrera del sonido, así mismito hacía, así como hacen esos aviones; bueno, ya sabes: zassss… booommm… Eso era un gran alboroto que se vieron en la necesidad de prender la planta eléctrica, y así, en esos menesteres, se ganaba la vida en San Casimiro. Todo iba muy bien en aquel pueblo donde casi nunca pasaba nada. Una vez, buscando un salón de chivo en el cruce carretero de La Paraulata, se estrelló contra un camión. Desde entonces, inventaron los jodedores de San Casimiro que “Motoloco”, acelerando la moto a fondo se fue detrás de un avión que pasó”.







Retratada te la pasas por aquí
mirando mis tristeza de tanta soledad,
algún día debo encontrarte para llenarme de ti,
debe ser ese día,
así como soy,
de pelo blanco,
cargado de años
y con una ansiedad de abrazarte
y cobrarme los besos que no te di en tantos años,
retratada te la pasas por aquí.






UNA BOTELLA EN EL MAR
A Mariángel, mi nieta.

Una lectora del noveno grado del Ciclo Básico de Camaguán, estado Guárico, Venezuela, me pide un escrito referido a la amistad, con la intención de realizar un trabajo para la materia de castellano y literatura, los cuales les redacto con mucho cariño.
Fue mi primera visita al mar de Ocumare de la Costa. Estábamos pequeños, soy la mayor de mis tres hermanos. Presurosos esa tarde cuando llegamos, corrimos por la arena hacia el mar; bruscamente, detuvimos la marcha ante la majestuosa ola con presagios de envolvernos; echamos carrera atrás.  El mar mostraba a flote una botella color ámbar, la cual con mucha dificultad logramos atraparla de aquellas aguas con mucha fuerza.
Luego con la ayuda de mis padres y la intriga de todos, la liberamos de un rígido corcho, logrando leer la esquela escrita con grafito sobre papel ocre por aquel joven de quince años residenciado en el Faro de Robledal, un caserío de pescadores al oeste de Margarita de mi querida Venezuela.


La misiva que guardo como un tesoro, dice así: “Hola, soy Fidel Salazar, tengo 15 años, estudio noveno grado, aquí en el liceo de Robledal, cuando vengas a la isla quiero que me busques para enseñarte en el fondo del mar donde los corsarios esconden sus tesoros. Firma. Atentamente, Fidel Salazar. Robledal. 14 de diciembre del 2008”. 
Este es el poema extraído del escrito:


Ahí flotaba, sin querer me sonreía
pareciera que me hablaba
iba y venía en la corriente de la ola
grité fuerte: una botella ámbar
aprisionando un corcho ha llegado por el mar
con emoción leía,
hola, soy Fidel Salazar
navego por el mundo buscando amistades
mira, esta es mi dirección.
A la señora bella 
que llena de recuerdos
no me olvida
le envió una canoa a la deriva
llena de besos
 y de morados lirios de agua
 en medio de un río Apure
 que se pierde en lejanías.






PAPAGAYOS

A “Burungo” y “La catira”, mis nietas.

En Mangle, como usualmente le dicen sus pobladores o los que ocasionalmente le visitamos, pero en realidad su nombre es Boca de Mangle, pueblo ubicado en la costa caribeña del estado falcón en Venezuela.
En la brisa constante que bate del norte, Pablo Corniel, de oficio albañil, mantiene en el aire, ya por más de cuatros días a la zamura de forma hexagonal, construida con el plástico de bolsas negras, caña amarga y de una envergadura de dos metros. Dicen los muchachos que de todos en el pueblo es el que vuela más alto, apuntando Ramoncito que ya son tres rollos de pabilo los que le ha soltado.
Entre el entusiasmo de los presentes, me dispuse a construir uno totalmente desconocido en la costa de Falcón, tal cual lo aprendí hace mucho tiempo de mi hermano Roberto en mi Maracay querida. Es el tradicional romboidal con su varilla perpendicular sujeta a un arco y con papel seda por encima; es de exigente equilibrio.
Ese día, ya provisto de todos los materiales me dispuse hacer mi papagayo, lo haría con papel doble, de tres colores y lo más grande posible. Preparando las varillas, se fueron acercando los muchachos al caney, fácil se contaban unos quince de diferentes edades, abundaban los de tres, cuatro y cinco años. Era todo entusiasmo, tratando de enseñar y aprender, al mediodía  (jueves santo) con un brindis de galletas y refrescos, lo elevé entre la brisa. Amarillo, azul y rojo fueron sus colores, con sus correspondientes estrellas. Era evidente, sería mi primer taller de papagayos en Mangle.








5:24 de la madrugada
yo sé que soñolienta
das vueltas en la cama,
aun semidormida
tratas de entender lo escrito
en la pantalla de tu móvil
con esa palabra tan cierta
cuando lees un te quiero..-









PIZARRON
                                                                                .

A la memoria de Dora León, mi abuela. Quien recorrió verso a verso las calles de Ciudad Bolívar, con todas sus cosas cantando en el tiempo.

Eran los inicios de la década del setenta cuando día a día atravesaba el puente 10 de Diciembre, un puente de hierro que comunica San Martín con El Paraíso, a la altura de la iglesia El Pinar.
De aquel lado del puente, en todo el frente de la Lotería de Caracas, compraba en el kiosco los quintos de la lotería y el diario El Nacional, con esa encomienda me regresaba donde mi abuela Dora León.
Ella acuciosamente leía el diario y revisaba la lista de la lotería, y de su interior, a media mañana, sacaba la página de opinión donde venía el artículo de los jueves del doctor Arturo Uslar Pietri, titulado Pizarrón, y me decía: “mira Virgilio, lee esto que está muy bueno, pá que te distingas de los demás”.
En esos tiempos siempre me decía, cuando mi abuela me mandaba a leer: es que habrá mucha gente parecída a mí, o yo a ellos. Desde entonces supe que en aquel diario todos los jueves había algo bueno, llamado Pizarrón.
También mi abuela me ponía a leer largos sonetos recogidos de su Ciudad Bolívar natal, recuerdo sus cantos al Orinoco, a los morichales de Parguasa, Orocopiche, y todos aquellos espacios que la vieron crecer.
Ella, estrofa a estrofa (rimadas), las iba paseando por su Bolívar de entonces, sin siquiera pensar que algún día iba a estar yo para leer las cosas que a ella le gustaban.
                 


A la quesera de garcita.          
           
Hay silencios ocultos bajo los techos de las dos de la tarde, el zinc claveteado en la viguetas se requiebra y sombrea la mesa, el humo de un plato de frijoles recién calentados se aleja y expande ante el vertido de un ajicero de leche, dos bollitos fajados esperan sobre el plato de peltre; entonces era yo cuando miraba por la abertura grande de la casa, aquel estero de buena vista.






LA TROJA
A Antonio Maseli.

En aquel tiempo, en la alta selva dejaba el asfaltado para internarme con la bicicleta al hombro en la montaña. La senda difícil de caminar me llevaba en un trayecto empinado de unos doscientos metros a un sitio: lo que yo llamaba La Troja.
En el tiempo de dos años había construido La Troja sobre un árbol, a una altura de unos tres metros, valiéndome de una escalera para llegar a ella con facilidad. Espaciosa, y con un fuerte piso de varas apareadas; de pared y techo igual, muy tramadas, evitando así cualquier intruso habitante del lugar.
En total había construido una espaciosa caja de madera, atándola con mecatillo, lo más fuerte posible; incluso había cómo colgar una hamaca y espacio para dos en el piso. La había hecho impermeable con la facilidad de unos trozos de plástico. Bonita mi troja, imponente y escondida en la selva.
Poco a poco la iba equipando: botiquín de primeros auxilios, un viejo termo con grifo para el agua, una repisa para los aliños, una olla, sartén y un caldero, colador para el café y un espejo para rasurarme. Afuera, a un lado de la saliente donde llegaba la escalera, cocinaba con leña sobre la tapa de un perolón.
Mi troja tenía dos bombillos: uno rojo y otro incandescente, alimentados por una batería; el rojo por las noches lo encendía en la entrada para mantener a los tigres a distancia, así me habían dicho. En realidad, sí había tigres, y muchos, siempre por las noches roznaban lejos de ahí.
Mi troja se perdió en una época de muchas lluvias, más nunca la vi, creo a veces soñarla entre la selva, tras un deslave.





AMANECE

4:37 de la madrugada, cuando a los silencios lo agobian los grillos; restos de una lluvia permanecen sobre los techos de otras casas. La luna derrotada, y ya sabemos lo de los gatos, viajan por caminos privados, los estoy viendo por la ventana al oriente.
Praga, Moscú, y otras ciudades como Guardatinajas deben de saber de mi existencia, sin sueño, sin cansancio, ni estado de ebriedad, solo espero la nueva luz para pedalear en mi bicicleta por una ciudad llamada Maracay.










LA MADRE ENFERMA QUE LE PIDIÓ LA LUNA A SU HIJO

Con su mejor cuerda, varillas y el plástico escapado de un camión que pasaba, ah y la cobija vieja desechada, le hizo la cola. El papagayo negro, igual a todos los que se hacían en el pueblo, media como tamaño y medio de su altura. José ya era alto, pues había cumplido los diez, y entre todos los muchachos era el mejor fabricador de papagayos del pueblo.
Esa tarde en la playa sus ojos se desorbitaron, la Luna llena lentamente iba sobrepasando su tamaño, el papagayo templaba fuerte a los embates de la brisa de mayo. Las luciérnagas titilantes le ayudaban en la navegación, encerradas en la cajita de plástico atada al centro de la cometa.
Esa noche la esperó hasta lo más que pudo acercársele, y soltándole el resto del pabilo hizo chocar su papagayo contra la Luna, sintiendo un fuerte jalón el cual soportó con valentía, gritando varias veces de emoción. “¡La atrape!, ¡la atrape!”, y poco a poco, lentamente, la fue bajando, siempre evitando cualquier molestia, pues la Luna se le podría enojar desenredándose de su pabilo.
Y así durante esa noche se la llevó atada por la orilla del mar que era como la playa más larga del mundo. A su casa llegó antes del amanecer, amarrando la Luna con la cuerda a la ventana. Gritó muy fuerte: “madre te traje la Luna, tú me la habías pedido”, y la Luna en todo su esplendor de luna llena, alumbró la habitación donde ella estaba enferma.



LA QUESERA DE PASTOR GONZÁLEZ

En la década del sesenta, para llegar a La Peña desde Maracay, te tomaba todo el día; saliendo muy de madrugada, llegábamos en la tardecita a Matapalito, cuando las gallinas empezaban a buscar sus dormitorios en los copitos de los árboles, en eso de distanciarse de los zorros, y otros animales de hábitos nocturnos.
Matapalito siempre fue nuestro Llegadero, un inmenso patio sombreado de matapalos y mangos; el pozo con su gigantesca torre, con sus aspas de hierro galvanizado, el tanque Australiano; caney de palmas de moriche, donde habían tiros para colgar veinte chinchorros y una cocina con un budare para cincuenta arepas.
Desde ese fundo nos organizábamos en eso de buscar los quesos, porque las distancias son largas, y difíciles de salvar. Quedarse atascado en un medanal o un bajo, era el pan de cada día, por eso era indispensable las cadenas para los cauchos, el gato marino y un par de buenas tablas de cedro, con esos implementos le podía dar batalla a cualquier malpaso en el camino por muy obstinado que fuera.
Evidentemente, la trocha más difícil siempre fue el camino a la quesera de Pastor González, donde había que pasar los médanos de los Indios, una pared de arena rojiza e impresionante, luego de salir de una mata. Ese médano tenía su secreto, lo vadeábamos pisando el monte, y sin dejar de desmayar la camioneta; eran las mañas para no quedarse pasando el día matando zancudos. En esos sitios, el que se apendejeaba se lo tragaba el llano.
El fundo de Pastor González, muy nombrado en La Peña, “Las Botas” -nunca pregunté el origen de ese nombre. Lo que sí sé, es que a mí Pastor me tildó con el apodo de “Moriche de las Botas”. Todos sabemos la dimensión de mi estatura: 1, 97 metros. Pastor tenía la quesera pegadita a un caño afluente del Orinoco, caño Tigre; muchas veces me quedé a dormir en “Las Botas”, y ¡mire!, el tigre, el bicho ronca cerquitica. A tal punto que había que quemarle de dos a cuatro cartuchos de escopeta para ahuyentarlo.




Dejaré la puerta falsa                                                                                                                                                                 para que tu pudor                                                                                                                                                se desvanezca                                                                                                                                                                                                          en el silencio de ésta noche.


















CÓMO LIBERARSE DEL STRESS
                                                                                                                              
En estos tiempos de crisis de toda índole, el ciudadano común ha ido perdiendo la tradicional costumbre de desayunarse con unas caraotas refritas, la arepita, queso llanero rayado, dos posturas fritas de gallina, las del patio, pisillo de venado y un vaso de carato de maíz, por supuesto con un poquito de canela en polvo. ¡Ah! ¿y cómo les quedo el ojo? Seguro quedaron viendo para los lados, pongan atención y sigan leyendo. Cuando muchacho trabajaba comprando queso en el estado Guárico, en una zona muy extensa llamada La Peña. En una de las tantas queseras visitadas, vivía una señora llamada Carmela, ella acostumbraba a pedirme periódicos de semana a semana, cuestión ésta, la que llamó mi atención.
Un día después de negociarle el queso, le pregunté: “¿Carmela que haces con tanto periódicos?”, a lo que ella me invito a pasar a la parte trasera de la casa (rancho). Ahí  sobre  trojas (mesas rudimentarias) le iba colocando varias hojas de periódicos y después de humedecerlas, hacia una pequeña abertura en el papel e iba depositando las semillas de caraota, y para sorpresa mía, el riego lo hacía con  el suero del queso ligado con  agua; esas  fueron las caraotas refritas, la arepita con queso llanero rayado y dos posturas fritas que muchas veces comí, con  pisillo de venado y hallaquitas, todo lo servía en una mesa sin tener necesidad de ir a la bodega. La verdad que esa Carmela era bien inteligente mi estimado lector.
Usted puede hacer lo mismo en casa, pero como no tiene suero, échele orín, que con su componente llamado urea, fija el nitrógeno en la planta haciéndola crecer. Es importante no ser sorprendido por su pareja meándose sobre las matas de caraotas; téngalo por seguro, le pedirá cita con el psiquiatra.







LA MINA DE ORO

Desde que tengo uso de razón existe este bar restaurant regentado por portugueses en el cruce de la calle Páez con Sucre, aquí en Maracay. Siempre he sabido de sus exquisitas sardinas fritas, en algunas ocasiones me lanzo una ración con dos o tres cerbatanas bien frías. Realmente, no es de mi agrado el ambiente, por eso de poner la música con alto volumen, añadiendo las escandalosas conversas entre los parroquianos y mesoneras.
Ayer taxeando por una ciudad, si se quiere deshabitada, opté por aterrizar en el único sitio donde fríen estos vertebrados marinos. Había libre un taburete en la barra, desde ahí pedí una helodia bien fría, vino la botella tapizada en hielo, como a mí me gusta con su vaso desechable justo para dos servidas. Esperando, al fin llegaron tostaditas acompañadas de rodajas de limón, la ración más grande, la de 120 bolívares, doce en total, porque las iba contando a medida que se resquebrajaban en mi boca entre tragos y tragos del frío punto cardinal norteño que abreviando no es más que una cerveza Polar de tercio.
Estando por terminar mi agradable faena, el que está sentado a mi lado venía observando cómo degustaba de mis sardinas, y tomando de su cerveza me pregunta: “¿Vives por aquí?”. “No - le contesto - a veces vengo por las sardinas”. Sigo comiendo y me dice: “Yo no como aquí porque las fríen con aceite usado y ese picante da cáncer porque tiene aceite”. Toma otra trago, me ve y habla: “Yo preparo uno con leche que es una maravilla, las sardinas las compro de paquetes de veinte kilos y cuando las frito uso un litro de aceite Diana”.
Qué ladilla - me digo - lo que me tocó a mi lado, si sé de esta vaina me siento en unas de las mesas, pero bueno. Ya estaba por terminar para pedir la cuenta e irme. Para burlarme un poco del fastidioso, me volví hacia el sesentón que tenía rato jembreando a la mesonera que estaba tan buena como su madre la cocinera: “mire compadre le voy a decir una vaina aquí entre amigos: si usted quiere levantarse a esa carajita, pida whisky porque ahí es donde ella gana comisión y verá como la tendrá a su lado”.
En instantes me estaba tomando un whisky de esos carteluos, muy agradable de sobre mesa. Es que viejo que se enamora de carajita de una u otra forma sale jodido.


En tranquero reposa
digamos de cinco varas
reposa en cinco agujeros de dos robustos maderos
resguardando el rebaño en corral de palmas de palo a pique
roble de tantos años, muriendo vas en corral de palmas
a tu figura la tildan de botalón
el toro sardo y el lebruno, sus fierezas vagan redimidas
siempre en mi pensamiento, y a veces en mis sueños
la casa de antes era de techo de palmas
y el techo de la cocina negro de tanto hollín,
siempre fue de zinc
abajo desvarada tengo la canoa
ven, te voy a ensañar mi canalete, mira mi arpón, y este anzuelo
la sed la calmo con el canto de mi mano, y con esta totuma achico la canoa
la vida bella siempre anda por aquí
nunca quise dejar morir mis sueños
ahora con el morral sobre mis hombros
camino en lejanías para enterrar mis cosas.





RÍO ARAUCA

En una costa del río Arauca mi vida vaga: U
na canoa desvarada y boca abajo. Una hamaca donde reposo con mis huesos en ese eterno ver fluir el agua, turbia agua, pasa y pasa hasta llegar al Orinoco. El Orinoco es el río más grande de Venezuela, así me lo dijeron en la escuela.
Aquí debajo de los matapalos la vida vaga, que silencio se ve en aquella costa de río, el agua se transforma hasta llamarse espejismo.
En ese saco están las cinco auyamas del conuco, llegaron en el lomo del burro aquel que todavía enjalmado se refresca debajo del totumo viéndole las lejanías al río.
El patio es para yo mirarlo, tiene una casa de palma, una cocina con media agua de zinc, el humo se le cuela por las rendijas del bahareque, el tiempo la pinto de negro; apilada espera la leña.
En el calor del medio día, al caucho se le acercan las gallinas, un perro y un cochino a beber agua, clarito se lee el nombre, Goodyear.
En una caramera de venado, colgando está mi escopeta; se llama así, nunca tuvo otro nombre. La mujer esa, la que ahora cocina, es como un espejismo, se acerca a mi hamaca con una totuma llena de café y desnuda se mete al agua, hasta confundirse en aquellas costas de río.






JAPAJAPA

Muchas veces, en mi Maracay querida, tuve ante la mirada el fortuito encuentro con Japajapa. Imagino en aquellos años de mi juventud, haber cambiado impresiones sobre éste personaje con los amigos o simplemente con los parroquianos que ocasionalmente visitábamos la barra del Beer Garten Park, bar situado frente a la Plaza Bolívar y adyacente a los cuarteles, Páez, Sucre y Bolívar. Al igual que a la Escuela de Aviación Militar.
Vistiendo deterioradas prendas militares, con fusil al hombro: (chopo improvisado), recorría Japajapa, a diario, éste sector de la ciudad; viviendo de la caridad pública, siempre en el mismo entorno de los cuarteles y la arbolada plaza. Saludaba con correcta marcialidad castrense a todo uniformado encontrado en su andar. “Japajapa, Japajapa”, le gritaban los muchachos y él risueño en correcto orden, les presentaba con el fusil su marcial saludo.
¿Quién era Japajapa? Su mutismo se llevó su identidad con la muerte. Al igual que otros, recordemos a Quirimbombo, Juan Medalla, Pan de Avena, y muchos otros que fueron parte del convivir del maracayero en buena parte del siglo veinte.
Finalizando el año 1935. La férrea dictadura del general Gómez sometía a una severa y despiadada disciplina, imponiéndole castigos inhumanos al soldado. Uno de estos castigos lo vivió Japajapa, cuando hacia su servicio militar en el cuartel Páez. Él fue introducido por orden de un sargento en una caja de madera a pleno sol, quedando olvidado hasta el día siguiente. Cuando lo sacaron alucinaba, ya era tarde. Y en esa misma forma lo echaron a la calle, uniformado y sin fusil. Así, sin desmayo Japajapa uniformado construyó su fusil para consagrar su deber con la patria. Un día, no recuerdo la fecha, leí en un diario de mi ciudad la reseña de la muerte de Japajapa, fue vilmente asesinado en un terreno baldío, aledaño a sus queridos cuarteles.




UN CUENTO

Dicen en el llano que mayo es él mes del Silbón, porque Julio Morales ahorcajado en la silleta de suela e inclinándola contra él tranquero nos decía de una mula rusia trotera con una mujer encima sin cabeza, oyéndose sus lamentos en toda la Peña. Desde ahí veíamos morir la tarde escuchando sus cuentos, mientras Ana Julia en el medio del grupo ponía en la banqueta varios tarros de café con leche caliente, rebanadas de pan y trozos de queso.
En ese llano, pincelado de tormentas eléctricas, descubríamos cuando niños entre sus luces, los espantos y aparecidos, para luego hacerlos desaparecer, tirándonos la cobija en la cara, con un fiero invierno sobre el endeble techo de zinc.











LA RECETA

El sábado tomábamos las cervezas en El Criollito, uno de los pocos bares restaurantes sobrevividos en Maracay.
Luego del acostumbrado encuentro literario de nuestro taller Los Moradores, tomábamos las cerbatanas de la tarde, Guillermo Cadrazco, César Blanco, Rafael Ortega y  Manuel Cabesa, Eduardo Calle y éste que aquí escribe. El gallego nos tiene acostumbrado a obsequiarnos con un vasito de sopa de mondongo del fondo de lo que quedó en la olla, concentrado, espeso y de excelente sabor. En el momento del cocinero llegar a la mesa, le hablé pidiéndole la receta, a lo que él me responde: “es un secreto de la casa”.
A mí nadie me va a joder en eso de sazonar un mondongo, se lo pregunté sólo por halago, al habernos obsequiado con el deleite. 
Desde ese día les dije a mis amigos de mi intención de cocinar un mondongo. No les llevé el sábado al taller porque el viernes no pude conseguir la panza, pienso prepararlo para este fin de semana en la versión de callos, como muchos saben se condimentan con alcaparras y otras especies arábicas.
A diferencia de la sazón del gallego que no es otra sino un sofrito de ajo, ají dulce, bastante apioespaña, pimienta negra, y de verduras sólo auyama, porque las verduras están súper caras. A mí ese gallego no me va a joder en eso de preparar un mondongo.








CASERÍO DE LECHE-MIEL

Ella sabe que la quiero, que enamorado vivo de ella, así como apasionado le escribo a su llano. Ya me miro viviendo en el caserío de Leche- miel, por donde hay un estero llamado estero de Buena Vista, en todo el frente a la quesera de Garcita, donde me pasaba las tardes montado en un tranquero, con un pan de trigo y un tarro de guarapo.
Desde ahí te soñaba cuando te ibas en lo oscuro de la noche, te cantaba, te compuse muchas canciones y te nombraba en mi canto con el nombre de las vacas para no darme por aludido entre los compañeros, que de ti estaba muy enamorado: Flor de loto, Malabar, Viene el día, Lucerito, Resplandor, Regalito, y así te hacia vivir a diario conmigo.
Si hoy le escribo es para decirle, nos vemos esta noche en el morichal de Leche-miel, donde la quiero.





Señora
bella señora
permítame beso a beso
escribir en sus labios
con obsesión de amarla
y con esta mala ortografía de morderla.







PASTELES GRATIS

Respirar y sentir esa humedad de selva con un roció escondido entre la niebla que te va escondiendo en su densa espesura, es vivir para recordarlo, y feliz si llegas a soñarlo, y hoy lo soñé, y sin saber que hacer me encontraba flotando, mi bicicleta y yo.
Viajábamos sin saber donde, por allá la nube detuvo el viaje frente a un kiosco donde se leía: “solo para bicicleteros, bienvenidos  al cielo ‘cómase su pastelito gratis’”. Sobresaltado, desperté y de prisa salí de la habitación.
Una música y un cantante le pedí al computador como para no sentirme solo.
Amaneció, distraído escribía sobre una paraulata en lo alto del árbol intentando comerse unos gusanitos en una madura guayaba, que al final decidí dejar vivir a los gusanitos, borrando el texto.
En esa tarea me encontraba cuando llegó Carmen mi esposa con una bandeja, y me dijo: “desayúnate con estos pasteles antes de que subas a la montaña”. Sobresaltado, le pregunto: “¿No son de los pasteles gratis, verdad?”.








No sé por qué te escribo
no sé por qué te busco en el rostro de los que habitan la ciudad
hoy llevo en mi celular una fotografía cuando rondabas los diecisiete
dicen los poetas, de aquellos que saben de amores
que esas cosas son como una cruz de larga agonía
no sé porque te escribo.






EL ZURDO ROJAS

Por un cachete (moneda de plata desaparecida en Venezuela). Dicen los demás muchachos que el zurdo Rojas tiene un cachete en el bolsillo pá buscar hoy en la tarde a la Maracucha, cuando llegue después de las seis al frente de la farmacia Maracay.
Eso fue en el recreo, el Zurdo dejaba caer la sonora e inconfundible moneda para que todos le prestemos atención, y nos mostraba los cartones que a hurtadillas había sacado del cuarto del aseo, y que pá rasparse a la Maracucha, dejando caer una y otra vez el cachete de plata. Y nosotros, incrédulos, le hacíamos redoma a la sombra del cotoperí. Ese año, por cuestiones de agrandamiento de la escuela, habían colocado la cantina y las máquinas de gaseosas al fondo del solar; cuestión que nos favorecía al estar alejados de los oídos de las hembras y maestros.
Nosotros, con los ojos pelados, escuchábamos como el zurdo Rojas nos iba diciendo como haría pá rasparse a la Maracucha. Mientras con avidez comíamos de nuestras meriendas y gaseosas con la facilidad de atragantarnos por la forma como el Zurdo haría la cosa esa, bueno, y que de acostar a la Maracucha en los cartones. Entonces, muchos de nosotros mirábamos hacia atrás, al medio patio, donde estaban los maestros reunidos, que también se bebían sus gaseosas escuchándose ellos mismos.
“Primero la beso por aquí”, indicando el sitio con sus manos; “luego la pongo de esta forma”, asumiendo la posición. La verdad es que el Zurdo pá teatrero y contador de cuentos era muy bueno.
Esa tarde era el día fijado por él pá ir a buscar a la Maracucha, y todos los del salón del cuarto A y cuarto B nos apretujamos a las sombra del inmenso árbol como para hacerle la despedida ante tal hazaña. La vaina era tan parecida como si fuéramos a ver la película “El regreso del santo el enmascarado de plata”, realmente todos estábamos a la expectativa…
Ese año en la remodelación de la escuela se incluyó el sistema de altoparlantes a todo lo largo de la escuela, y precisamente ese día cuando esperábamos salir todos a la vez, se escuchó la voz de la directora: “Buenas tardes distinguidos alumnos, a partir de hoy deberán salir a medida de que se les llamen: los alumnos del transporte del señor Luis y la señora Martínez, una larga lista, bla, bla, bla. Ahora, sin correr, los que los vienen a buscar su representante”. El zurdo Rojas, no voy a repetir lo que dijo, algo así como una mentada de alguien.








PATA E’ ELEFANTE

Realmente no sé si lo soñaba o lo estaba imaginando, lo de aquellas personas tomando alrededor de una mesa ovalada, ellos me vieron y me llamaron: “¡Oye! Agarra esa Pata e’ Elefante pa’ que vayas al infinito”. ¡No, no!  - le contesté - esa vaina queda muy lejos, y además esa pimpina de ron si acaso me durará para caminar un día. Y ese viaje debe durar miles y miles de años, quizás nunca vuelva. “No te preocupes - me dijeron - esa pimpina tiene la magia de auto llenarse, así que échale bolas y despreocúpate”.
Bueno, agarré mi garrafa, caminé mucho tiempo, por allá me conseguí un letrero donde leí: “500 años, bienvenidos a este tiempo, por favor pase por el ciber, tienes una notificación”, y pasé, en mi correo había un mensaje que decía: “devuélvete, nos equivocamos de borracho, esa Pata e’ Elefante no era para ti”.
Desde entonces reviso los bares de mi ciudad buscando una mesa ovalada con personas tomando.









LA BICICLETA

4:07 de la madrugada, con preocupación salí de la habitación para registrar un pote donde guardo desde hace muchos años, tornillos, tuercas, arandelas, y un porción de cosas más.
En estos días, de tanto fijarme en el otro tornillo sujetando el soporte de la parrilla, igual al extraviado, lo gravé, lo busqué y lo encontré; para mí fue muy importante instalar ese tornillo, me lo hacía recordar el desagradable traqueteo al pasar sobre un desnivel del pavimento.
Les estoy reseñando lo de mi bicicleta, que por vieja afloja y bota un tornillo, en este caso fue el de la parrilla, la que conocemos situada al nivel del caucho trasero. Para mí, eso de tener una bicicleta con parrilla es muy importante, y como le resuelve la vida a uno. Les cuento: En el inicio del boom de los celulares recibo una llamada de Carmen, como ya saben , Carmen es mi esposa. Esa tarde me dijo: “ven a buscarme al hospital, a Elisa Virginia le enyesaron un brazo, y ahí los tres nos embarcamos en la bicicleta; por supuesto, la paciente venía en la comodidad de la parrilla.
Últimamente, cuando tengo el pepón accidentado, le amarro la carrucha a la parrilla y resuelvo ese karma de buscar el gas por allá en Santa Rosa, donde aprovecho el mayor de cervezas para traerme una cajita, como quien dice: para seguir viviendo lo bello que te da la vida.




3:23 de la madrugada. Tengo la corazonada de que estás dejando el móvil encendido; mucho desearía a esta hora dejarte escrito: “te quiero”, para que cuando despiertes lo leas, ¡pero no! En ese momento podría despertar tu marido y preguntarte: “¿quién es ese Virgilio?”.







EL HUECO


La última vez que la vi en su casa de Guanare me dijo: “Hola Virgilio, no te puedo atender, llevo prisa”. Iba a un encuentro con los secuestradores de su marido, a él lo tenían por casi un año escondido en un hueco por los lados del Casanare.
Con las coordenadas escritas en grande y pegadas con cinta adhesiva al tablero del avión, el capitán “culito de mono” presumiendo que el encuentro debía ser en la humareda negra, lanzó la avioneta en aquel claro de sabana entre pingasos y más pingasos, deteniéndose los más cercano posible al caucho encendido.
Varios hombres a caballo con fusiles de guerra, salieron del monte al encuentro. El que fungía de cabecilla metió la mano en la marusa de sisal, sacando unos de los fajos de billetes, con los dedos los corrió varias veces, sobre la paca de los verdosos papeles. Eran muchos, metió la cabeza en la marusa y asintió varias veces, haciendo girar en alto la mano.
A media mañana otro grupo de hombres armados traía sobre un caballo al secuestrado, irreconocible, todo un cadáver, sumamente esquelético con la mirada extraviada.
“Culito de mono” le subió la manga de la franela, dentro de un corazón en el brazo izquierdo, tatuado se leía: “voglio te”. Evidentemente, era Giacomelo Nucette. El avión se alejaba de aquella sabana caliente y polvorienta del Casanare.
A los pocos días el secuestrado murió, murió del contagio del hueco, de ese mal que llaman soledad, la más despiadada de las muertes que pueda haber.
Esa misma mañana después del crematorio me dijo la viuda: “Vamos con Culito de mono a dejar estas cenizas donde pertenecen” ¿Dónde? - le pregunte. “Al hueco”, llorosa me respondió.



NOTICIA DEL AUTOR

Virgilio Rafael León Puppio (Maracay, Aragua 1945). Poeta y cuentista. Participó en diferentes talleres de narrativa en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), entre 1975 y 1977, bajo la coordinación de Domingo Miliani, Emir Rodríguez Monegal y Ludovico Silva, entre otros. Asistió a la Cátedra de Literatura (UCV) de Adriano González León (1981-1983).
En Maracay, ha participado en talleres con los escritores Carmen Campos Pino, Astrid Salazar y Manuel Cabesa, quien dirige el taller permanente “Los Moradores” al cual pertenece.
Cuentos, poemas y artículos con su firma han sido publicados en diarios y revistas de circulación nacional. Tiene publicado el poemario La bohemia de la vida (2012) y el libro de cuentos El moriche de las botas (2014). Con los relatos y poemas La casa sobre el cuarzo blanco nos obsequia con su tercer libro.





ÍNDICE


Casi un prólogo…………………………………………………………………………... 03
Palabras del autor……………………………………………………………………….. 05
Isabel……………………………………………………………………………………… 07
¡Calla!................................................................................................................................... 09
La mujer del morichal de Rabanal………………………………………………………... 10
Escondida…………………………………………………………………………………. 11
El Campito………………………………………………………………………………... 12
3:47 de la madrugada………………………………………………………………........... 13
Mis amores con Imelda Pastor……………………………………………………………. 14
Un scoth…………………………………………………………………………………... 15
El Jardín Polar…………………………………………………………………………….. 16
5:37 de la madrugada………………………………………………………………........... 18
La bodega del Paisa……………………………………………………………………….. 19
Buenas noches amiga……………………………………………………………………... 20
Virgen Pura………………………………………………………………………….......... 21
Yo sé…………………………………………………………………………………......... 22
Ivana Ivalova……………………………………………………………………………… 23
El Mirón…………………………………………………………………………………... 24
El Llanero Solitario……………………………………………………………….............. 25
Casa de caña amarga……………………………………………………………………… 26
El Café Paris………………………………………………………………………………. 27
En esta madrugada de lectura……………………………………………………………... 28
Algunos recuerdos del llano venezolano………………………………………………….. 29
De besarte…………………………………………………………………………………. 31
La cava del profesor de arte………………………………………………………………. 32
A mi me gusta amarte de a poquito……………………………………………………….. 33
La Mata Hermosa…………………………………………………………………………. 34
Señora……………………………………………………………………………………... 35
Motoloco………………………………………………………………………………….. 36
Retratada te la pasas por aquí……………………………………………………………... 37
Una botella en el mar……………………………………………………………………... 38
A la señora bella…………………………………………………………………….......... 39
Papagayo………………………………………………………………………………….. 40 5:24 de la madrugada………………………………………………………………………41
Pizarrón…………………………………………………………………………………… 42
Hay silencio ocultos………………………………………………………………………. 43
La Troja…………………………………………………………………………………… 44
Amanece…………………………………………………………………………………... 45
La madre enferma que le pidió la luna a su hijo………………………………….............. 46
La quesera de Pastor González……………………………………………………............ 47
Dejaré la puerta falsa……………………………………………………………….............48 Cómo liberarse del estress…………………………………………………………............ 49
La mina de oro……………………………………………………………………………. 50
El tranquero reposa……………………………………………………………………….. 51
Río Arauca………………………………………………………………………………... 52

Japajapa…………………………………………………………………………………… 53
Un Cuento………………………………………………………………………………… 54
La Receta………………………………………………………………………………….. 55
El Caserío Leche-Miel……………………………………………………………………. 56
Señora……………………………………………………………………………………... 57
Pasteles gratis……………………………………………………………………………... 58
No sé porque te escribo…………………………………………………………………… 59
El zurdo Rojas…………………………………………………………………………….. 60
Pata e’ Elefante……………………………………………………………………….…... 62
La bicicleta………………………………………………………………………………... 63
3:23 de la madrugada………………………………………………………………........... 64
El Hueco…………………………………………………………………………………... 65
Noticia del Autor……………………………………………………………………........ 67


COMENTARIOS:


Wilmer Rafael Hernández Díaz
5 de octubre de 2016, 17:52

Virgilio, sencillamente, felicitaciones. Gracias por recordarnos a ese personaje inolvidable, como lo fue el popular y sonriente "Japajapa". Con amistad, Wilmer.

1 comentario:

  1. Virgilio, sencillamente, felicitaciones. Gracias por recordarnos a ese personaje inolvidable, como lo fue el popular y sonriente "Japajapa". Con amistad, Wilmer.

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